El Navajero Surgido Del Relámpago
Caza Mayor|Octubre 2018
El Navajero Surgido Del Relámpago

Por fin el cochino, tras de mucho porfiarlo por mi parte durante varias semanas y poner en práctica cuantos conocimientos acerca de esta especie venatoria poseo, parecía haber tomado el comedero que, a modo de golosina y desde hacía algún tiempo, le había yo dispuesto para atraerlo con algo apetitoso, pues lo suponía un viejo navajero que no mostraba ni careos ni querencias fijas.

Avelino Ruiz Catalatrava

La primera vez que su-puse tomado el ceba-dero al registrarlo en busca de alguna señal que me indicara su presencia, fue una mañana en la que al aproximarme al lugar en el que le dispuse el grano, observé algunos trozos de maíz partido junto a otros enteros que cubrían el suelo, pero ninguna pisada pude distinguir en la compacta y dura tierra sobre la que era imposible que huella alguna, pudiera quedar señalada. Después y durante varios días seguidos, los pizcos de maíz que parecían desprenderse de la boca del guarro al masticar los granos de las mazorcas, fueron mostrándose más abundantes, delatando su presencia y al mismo tiempo su querencia continuada a visitar cada noche, el cebadero dispuesto a engalgarlo.

La muestra definitiva que me indicó la conveniencia de comenzar a aguardar al macareno, fue la de observar las piedras más grandes bajo las cuales dispuse también granos de maíz, todas volteadas y movidas de su sitio. Sin duda, el marrano las había levantado con su jeta y se había entretenido en buscar su golosina al sentirse confiado. Aunque en este final del verano el tiempo aún se mostró revuelto y las tormentas eran casi continuas por estas fechas, decidí aquella tarde, al parecerme que el aire soplaba en la dirección correcta ,empujando mis ganas a situarme en el apostadero, llevar a cabo la espera con la que pretendía abatir al navajero.

Antes de que la tarde diera paso al ocaso, salí del cortijo pertrechado además de con el rifle y el catrecillo, con un capote que introduje como pude en el pequeño zurrón que para estos menesteres, desde siempre utilizo, no fiándome de que pasadas las horas, pudiera alguna nube, “jarrear” agua y ponerme empapado.

Sin prisa, recreándome en el paisaje que a mi vista ofrecía el entorno al sincronizarse éste con el deambular de mis pasos por la “Senda de los Jarales”, fui avanzando arropado por el arrullo de las torcaces y el “piolío” de un solitario macho de perdiz que se revoló al sentir cercana mi presencia al lugar de su dormida.

Un jadeo producido por el esfuerzo necesario que tuve que realizar al subir el último pecho que daba cara a la meseta en la que dispuse semanas atrás el cebadero, me obligó a tomar aire varias veces con objeto de normalizar el pulso antes de depositar el zurrón sobre la tierra y anclar las patas del catrecillo en el suelo, asegurando bien el asiento sobre el que habría de pasar sentado varias horas.

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Octubre 2018