TODO ES EMPEZAR
Marie Claire España|Octubre 2020
TODO ES EMPEZAR
EN EL AMOR Y EN LO DE RASCAR. EN 'EXPLOTA, EXPLOTA', INGRID GARCÍA-JONSSON CANTA POR RAFFAELLA CARRÀ EN LA ESPAÑA DE LOS AÑOS 70. ENTRE FALDAS CORTAS, CENSORES Y NOVIOS DE OJOS AZULES, SU ESCUDERA, VERÓNICA ECHEGUI, Y SU MAESTRA, NATALIA MILLÁN, LE SIGUEN EL RITMO. EL DEL CINE MUSICAL.
Charo Lagares

De izquierda a a derecha, Ingrid GarcíaJonsson lleva vestido mini metalizado de Maje; Natalia Millán, vestido negro de plumeti de Antik Batik y medias de Calzedonia; y Verónica Echegui, vesti do negro con lúrex de Antik Batik.

«CAMBIAR DE IMAGEN ES UNA FORMA DE TENER UN CONTROL SOBRE ELLA QUE POR NORMA NO TENGO»

Ingrid baila y no es bailarina. Oye la música a otro ritmo. Un, dos, tres, cuatro. Debe contar los pasos. Se lo dijo su hermana, que sí lo es. Para bailar, debe fingir que hace gimnasia. “Dejé de afrontar las coreografías como un baile y funcionó. Quizá soy muy lánguida. Todo se alarga y se ablanda y Raffaella es lo contrario”. Pero María no lo es. Su personaje en Explota, explota vive a través de las canciones de Carrà. Ha huido del altar y, con chaqueta vaquera rosa y vestido de novia, vuelve a España. Amparo, una azafata de tierra de Barajas, la acoge en casa. Bailan con la televisión de los años 70. María lo hará dentro. El productor del programa musical Las noches de Rosa la ha visto moverse. La quiere con él.

A Ingrid amigos y profesores le habían dicho que para bailar y cantar no valía. “Ha habido más trabajo mental para quitarme esa barrera que físico. Con lo sano que es. ¿Eso de baila como si nadie te estuviera mirando? Pues realmente es que sienta muy bien”. Toreó la preconcepción y torea su pelo. El largo y el corto. Durante el confinamiento, los colores de su cara se alteraron. Se tiñó las cejas.

Y esta tarde me las vuelvo a hacer. Va a ser mi look hasta lo siguiente.

Juegas mucho con tu imagen. ¿Por qué crees?

Y me corté el pelo ayer, ¿no? Sí. Creo que es una necesidad de tener control sobre ella, que al trabajar no lo tengo. Y me divierte. Como sé que no son cosas permanentes, me hace tomarme menos en serio. Siempre decía que yo trabajaba por ser rubia y que en cuanto me cortara el pelo me iba al carajo. No ha sido así. Lo hago por quitarle poder a la imagen.

Y DICEN POR AHÍ

A internet también se lo quita. No convierte su Instagram en un folleto de marcas encartado con un diario personal. “No tengo una vida privada muy interesante y hay cosas que no quiero que la gente sepa. Más fácil será que así me imaginen en otros personajes y más tranquila estaré. Lo hablo con mi analista. Hay dos Ingrids: la persona y la que es casi un objeto, una imagen. No quiero juntarlas demasiado, me haría desvivirme por el público. Lo siento, pero no me fío. En una escena de Explota, explota, el censor pasa filas.

Revisa las faldas. Decente, dos centímetros más abajo. Indecente, dos centímetros más arriba.

“Yo fui a un colegio de monjas bastante permisivo. El largo de mi falda tuvo que ver más con mi madre. Es que yo era muy pardilla. Veía a mis compañeras con la falda remangada, monísimas y guais, y yo también quería, pero tuve el mismo uniforme durante seis años. Mi madre me la compró por la pantorrilla y esperó a que se quedara corta. Hubo un momento de intentar ser sexy, como mis compañeras, y de verme mal y fatal. Pero hay mucha gente que opina, todavía, sobre lo que me tengo que poner y lo que no. Las listas de las mejor vestidas ya son un poco…

¿Habría que acabar con ellas?

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Octubre 2020