Una Lectora Victoriana
QUE LEER|Junio 2019
Una Lectora Victoriana

Con motivo del bicentenario del nacimiento de Victoria I el pasado 24 de mayo, la escritora Espido Freire nos presenta una semblanza de la lectora de su época.

Imaginemos una lectora que hubiera nacido en el mismo año que la reina Victoria, en mayo de 1819, y que llegara a la edad de leer un libro por sí misma. Una superviviente, como la propia Victoria. Solo las muertes de primas y tíos, y la imposibilidad de que los niños de su familia nacieran vivos permitieron que la hija de un cuarto hijo llegara primero a reina y luego a emperatriz.

Habría compartido generación, con muy pocos años de diferencia, con tres hermanas de York, también las únicas que quedaban de una gran familia apellidada Brontë, y antes de cumplir los treinta años podría haber leído la obra de varias de ellas; en rápida sucesión, en 1847, aparecieron Jane Eyre, Cumbres borrascosas y Agnes Grey. Aunque ocultas bajo pseudónimos masculinos, los nombres de Charlotte, Emily y Anne Brontë gozaron pronto de una enorme popularidad.

Pese a que Cumbres borrascosas irrumpía con desagradable franqueza en un país acostumbrado a que las apariencias se mantuvieran por encima de cualquier sacrificio personal, y algunos párrafos de Anne apenas se podían leer bajo las meticulosas tachaduras de institutrices y padres responsables, que deseaban proteger a sus hijas de historias de alcohol y maltrato, las obras de las Brontë se convirtieron en un éxito imparable. Las novelas, el género de moda entre las niñas, se prestaban y se copiaban, y por muy al tanto que estuvieran los padres, la corrupción de la lectura y la fantasía entraba en las casas.

Sus historias personales, pese al cuidado que pusieran Charlotte Brontë y su amiga Elizabeth Gaskell en filtrarlas y editarlas, contribuían de manera poderosa al mito. Esa generación era hija del romanticismo: el individuo contaría, de ese momento en adelante, de manera más definitoria que cualquier movimiento. En la literatura inglesa destacan nombres poderosos, estilos irrepetibles, por encima de las corrientes que los etiquetan. Las madres habían crecido con las seis novelas de Jane Austen en la cesta de la costura, sólidas y magníficas historias construidas con un enorme talento: a los jóvenes ese estilo literario aséptico les daba frío.

La propia Charlotte Brontë despreciaba a Austen de manera muy poco sutil. Emily seguía con entusiasmo nada disimulado los cotilleos sobre la reina, y en particular, los actos que celebraron su coronación. Apenas se llevaban nueve meses. Era el tiempo para ser joven, para construir una imagen nueva de la pasión y de la identidad.

Sin embargo, pese a que una reina joven ocupara el trono en 1837 y la enorme pujanza de poetas, artistas y descubridores jóvenes, el mundo continuaba regido por los adultos, que impusieron, frente a esta necesidad de aire fresco, una férrea censura de la moral y las apariencias. El mundo cambiaba a una velocidad mareante: los descubrimientos científicos asestaron un fuerte golpe a las creencias religiosas, sobre todo al Génesis. Incluso aunque nuestra lectora perteneciera a una familia convencional que no permitía que las niñas leyeran ensayos, y ella nunca posara los ojos sobre el texto que Charles Darwin publicó tras su primer viaje en el Beagle, en 1839, Diario del viaje de un naturalista alrededor del mundo, la conmoción que supusieron este y El origen de las especies (1852) no le pudo ser ajena.

Además, no era solo Darwin: Edward William Lane tradujo Las mil y una noches, y publicó el Informe de los usos y costumbres de los egipcios modernos, un éxito inmediato de ventas. Él y el resto de los exploradores que dejaron crónicas o estudios de sus aventuras rompieron las costuras de la visión europea para hablar de otras culturas, de otros mundos. Richard Francis Burton, con una obra inacabable en la que quizás destaque Narración personal de una peregrinación a Medina, carecía de la gracia de un novelista, pero conocía exhaustivamente pueblos y lenguas y representó como pocos la fiebre viajera de la época victoriana.

Quien no podía viajar, como posiblemente nuestra lectora, atada a su casa y sus obligaciones, leía. Fue el tiempo de las guías de viajes, de caminar sobre las huellas ya holladas por los románticos: Italia, Grecia, la grandiosa Alemania, y la desconocida España. La Guía para viajeros en España, de Richard Ford (1845) fue una de las más exitosas, e inició un reguero de peregrinaciones al sur.

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Junio 2019