Una grieta en el mundo
National Geographic en Español|Noviembre 2018
Una grieta en el mundo

El calentamiento de la Antártida hace trizas las reglas de la vida en la región. Científicos alarmados desconocen las repercusiones futuras de ese cambio.

Por Craig Welch. Fotografías de Paul Nicklen, Cristina Mittermeier y Keith Ladzinski

El calentamiento modifica lo que comen los animales, sus lugares de descanso y la manera como cuidan de sus crías.

FOTOGRAFÍA ANTERIOR | Rocas que el mar ha erosionado forman un sendero hacia el hielo marino varado y fracturado. El hielo es fundamental para la vida que sustenta la península Antártica, una región de 1 300 kilómetros que se proyecta hacia América del Sur. Sin embargo, el calentamiento del aire y el agua está fundiendo el hielo en mar y tierra. KEITH LADZINSKI

Las focas cangrejeras se deslizan sobre el hielo flotante para dormir, parir y ocultarse de las orcas o los leopardos marinos. Debido a la pérdida de hielo marino frente a la península Antártica, icebergs como este –desprendidos de los glaciares de tierra firme–, proporcionan lugares de descanso críticos para los animales. Pese a su nombre, las cangrejeras se alimentan principalmente de krill, otro alimento básico de la Antártida cuyo futuro está en duda. CRISTINA MITTERMEIER

Dion Poncet se hizo hombre en un lugar donde casi nadie más vive.

NACIÓ EN UN VELERO, en Puerto Leith, una estación ballenera abandonada en la isla Georgia del Sur. Su padre, un aventurero francés, daba la vuelta al mundo en su barco cuando conoció a su madre, zoóloga australiana, en un embarcadero de Tasmania. La pareja inició una familia en el Atlántico Meridional y, durante años, recorrió la costa occidental de la península Antártica, deteniéndose en bahías inexploradas para estudiar la vida silvestre –focas, plantas con flores, aves marinas– junto con sus tres hijos. Dion fue el primero.

Mucho ha cambiado en el Atlántico Meridional desde la infancia de Dion Poncet, quien navegó por toda la región en el velero de sus padres. Recorrieron desde la isla Georgia del Sur –en la foto Dion con nueve años (izq.) y su hermano Leiv hacen de vigías, en 1988– hasta la Antártida. FRANS LANTING, NATIONAL GEOGRAPHIC CREATIVE

La península Antártica es una cadena de montañas y volcanes que se proyecta 1 300 kilómetros hacia el norte del continente blanco. Aquel fue el patio de recreo de Poncet. El joven Dion y sus hermanos leían, dibujaban perseguían pingüinos, buscaban chocolates en las estaciones de investigación ruinosas y se deslizaban en trineo por colinas que, posiblemente, jamás habían visto una huella humana. En tanto que otros lidiaban con bravucones en el patio de sus escuelas, Dion vivía atormentado por los págalos que se lanzaban en picada y golpeaban su cabeza con tanta fuerza que lo hacían llorar; y mientras que otros chicos estelarizaban improvisadas películas caseras, los niños Poncet figuraron en un documental de National Geographic de 1990, el cual describió su crianza en la Antártida.

Una noche gélida, casi 30 años después, estoy con Poncet en la timonera del Hans Hansson, su barco de 26.5 metros, buscando pingüinos adelaida en el hielo. Con 39 años, Poncet es un hombre rubio, sosegado, de mandíbula fuerte y manos enormes. Ha pasado gran parte de su adultez transportando a científicos y otros visitantes en barcos de alquiler, cruzando las aguas desde su base en las Malvinas hasta Georgia del Sur y la Antártida. Junto con el equipo de fotógrafos que dirige Paul Nicklen, me he reunido con él para recorrer la costa occidental de la península Antártica.

Aquí, al final del mundo, en un lugar casi exento de asentamientos creados por el hombre, la humanidad agita una de las regiones silvestres más ricas del océano. Los combustibles fósiles consumidos a miles de kilómetros de distancia están calentando la península occidental con mayor rapidez que cualquier otro lugar de la Tierra. Y ese calentamiento destroza los engranajes de una máquina ecológica muy compleja, modificando lo que comen los animales, sus lugares de descanso, la manera como cuidan de sus crías y hasta sus interacciones. Al mismo tiempo, barcos arrastreros de naciones lejanas recolectan el kril con que se alimentan casi todos los animales antárticos, con la finalidad de procesarlo para suplementos dietéticos, medicamentos, aliment0 para los salmones de los fiordos noruegos y peces tropicales en los acuarios.

Han cambiado tantas cosas, y en tan poco tiempo, que los científicos no pueden predecir a qué conducirá todo esto. “Se avecina algo muy drástico –afirma Heather Lynch, bióloga especializada en pingüinos de la Universidad de Stony Brook–. Debería preocuparnos no saber qué está pasando realmente”.

FOTOGRAFÍA ANTERIOR | Pingüinos adelaida patinan y resbalan en el hielo; al fondo, en la isla Paulet, otros miles tapizan las pendientes pedregosas cubiertas de guano. Las colonias de pingüinos adelaida han colapsado en la costa occidental debido al calentamiento del mar. Pero aquí, en el extremo noreste de la península, la especie prospera. PAUL NICKLEN

En la península occidental, las poblaciones de pingüinos adelaida han colapsado, algunas de ellas en 90 % o más. En una bahía los registros de grandes colonias datan de 1904, pero hoy, en ese mismo lugar, “solo quedan alrededor de seis nidos”, revela Poncet. Aquel día en la timonera, al alejarnos de la costa occidental con rumbo al extremo noreste de la península, avistamos la primera colonia masiva.

No todo es muerte y caos en la Antártida: todavía hay millones de pingüinos adelaida dispersos en el continente. Pero la transformación de la península occidental es profunda y pocos la han visto desarrollarse mejor que Poncet. El mundo que conoció está desintegrándose.

“Todas las cosas que solía experimentar, los lugares que visitaba en la infancia; todo lo di por sentado –confiesa Poncet–. Ahora me doy cuenta de que nunca volverá a ser posible”.

El aire invernal de la península occidental se ha calentado más de cinco grados centígrados desde los años cincuenta del siglo XX.

Un lobo marino descansa junto a una pila de huesos de ballena cubiertos de nieve. La especie tuvo una recuperación excepcional desde que se prohibió la cacería en la Antártida. Pero ahora, la población de las islas Shetland del Sur ha empezado a menguar, consecuencia indirecta del derretimiento del hielo marino que ha ocasionado que las focas leopardo se refugien en la costa para alimentarse con crías de lobos marinos. PAUL NICKLEN

GRAN PARTE DE LA ANTÁRTIDA es una meseta inmensa, un desierto de ventiscas elevado y desolado donde las temperaturas pueden caer a –96 ºC. La Antártida de Poncet en nada se parece a esto.

La península Antártica es más larga que Italia y se curva al norte, hacia la zona templada. El clima siempre ha sido moderado –en términos de la Antártida–, con temperaturas estivales que suelen superar el punto de congelación. Hay zonas aisladas de vegetación en el granito y el basalto expuestos. Los pingüinos adelaida viven a lo largo de la costa de la Antártida, aunque la península también sustenta especies que no sobrevivirían en el hostil territorio continental: lobos y elefantes marinos, pingüinos papúa y barbijos. Petreles y palomas antárticas revolotean en el cielo. Toda esta vida depende del mar.

En la península agreste, la quietud de la Antártida solo se interrumpe con reclamos, parloteos y movimientos concentrados. Es un lugar de ángulos extraños: glaciares blanco-azulados flotan en el mar y dan origen a témpanos que adquieren todas las formas imaginables. Icebergs del tamaño de pequeñas poblaciones se elevan hacia las nubes y puedes oírlos crujir y estallar cual cañones, incluso a decenas de kilómetros de distancia.

articleRead

You can read up to 3 premium stories before you subscribe to Magzter GOLD

Log in, if you are already a subscriber

GoldLogo

Get unlimited access to thousands of curated premium stories, newspapers and 5,000+ magazines

READ THE ENTIRE ISSUE

Noviembre 2018