¿Quien está allá afuera?
National Geographic en Español|Marzo 2019
¿Quien está allá afuera?

Nuevos descubrimientos revelan que es casi seguro que no nos econtremos solos en el universo. Aquí se muestra cómo estamos en busca de vida y... tratando de hacer contacto.

Por Jamie Shreeve. Fotografías de Spencer Lowell. Ilustraciones de Dana Berry

DIRECCIÓN DE ARTE: JASON TREAT (NGM); SEAN MCNAUGHTON FUENTES: BREAKTHROUGH INITIATIVES; ZAC MANCHESTER, UNIVERSIDAD DE STANFORD

Haz de rayos láser proveniente del Telescopio Extremadamente Grande del Observatorio Europeo Austral en el desierto de Atacama en Chile. Los láseres crean estrellas guía artificiales que ayudan a los astrónomos a corregir las distorsiones causadas por la perturbación atmosférica. El telescopio es uno de los pocos capaces de captar directamente imágenes de exoplanetas gigantes. GERHARD HÜDEPOHL, OBSERVATORIO EUROPEO AUSTRAL (ESO)

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Impulsada a una quinta parte de la velocidad de la luz por un rayo láser más potente que un millón de soles, una diminuta nave espacial concebida por la iniciativa Breakthrough Starshot está representada alrededor de Próxima Centauri b, a cuatro años luz de la Tierra (véase la gráfica, págs. 44-45). “No es ciencia ficción –indica Zac Manchester, de Stanford–. Solo es ingeniería”.

Con un modelo, Sara Seager muestra el Starshade, en el Laboratorio de Propulsión a Reacción de NASA en California. Desplegado en el espacio, el dispositivo, de más de 30 metros de diámetro, bloquearía la luz proveniente de una estrella. Un telescopio espacial captaría una imagen de un planeta cuando este estuviera entre los pétalos del Starshade y buscaría pruebas de que podría haber vida en el planeta.

Ensu oficina del piso 17 en el Edificio 54 del Instituto Tecnológi-co de Massachusetts (MIT), Sara Seager está tan cerca del espacio como como se lo permite encon-trarse en Cambridge, Massachusetts. Por la ventana ve el centro de Boston. Desde el interior, su vista se extiende a la Vía Láctea y más allá.

Seager, de 47 años, es astrofísica. Su especialidad son los exoplanetas, es decir, todos los planetas del universo excepto los que ya conocemos que giran alrededor de nuestro sol. En un pizarrón escribió su ecuación para estimar las posibilidades de detectar vida en uno de esos planetas. Debajo de otro pizarrón hay un conjunto de recuerdos, incluido un frasco que contiene algunos fragmentos negros brillantes.

“Es una roca que fundimos”. Explica que existen supertierras calientes que orbitan rápidamente tan cerca de sus estrellas que un año dura menos de un día. “Estos planetas son tan calientes que probablemente tengan lagos de lava gigantes”, plantea. De ahí la roca fundida.

“Queríamos probar el brillo de la lava”.

Cuando Seager ingresó en la escuela de posgra do a mediados de los noventa, no sabíamos de planetas que giraran alrededor de sus estrellas en horas ni de otros que tardaran en hacerlo casi un millón de años. No sabíamos de planetas que giraran alrededor de dos estrellas ni de planetas solitarios que no orbitaran alrededor de ninguna estrella, sino que solo deambularan por el espacio. De hecho, no sabíamos con certeza de ningún planeta más allá de nuestro sistema solar y muchas de las suposiciones que hicimos acerca de la “planetidad” resultaron erróneas. El primer exoplaneta encontrado –51 Pegasi b, descubierto en 1995– fue en sí mismo una sorpresa: un planeta gigante casi pegado a su estrella y que gira alrededor de ella en apenas cuatro días.

“El 51 Peg debería habernos advertido que iba a ser un viaje muy loco –relata Seager–. Ese planeta no debería estar ahí”.

Hoy tenemos confirmados alrededor de 4 000 exoplanetas. La mayoría se descubrió con el telescopio espacial Kepler, lanzado en 2009. La misión del Kepler se trataba de ver cuántos planetas podía encontrar que orbitaran alrededor de unas 150 000 estrellas en un pequeño trozo de cielo: casi todo lo que puedas abarcar con la mano con el brazo extendido. Pero su propósito principal era resolver una pregunta mucho más importante: ¿son comunes en el universo los lugares donde podría evolucionar la vida o son muy raros y nos dejan esencialmente sin la esperanza de saber si existe otro mundo vivo?

La respuesta del Kepler fue inequívoca. Hay más planetas que estrellas y por lo menos una cuarta parte son del tamaño de la Tierra y están en la llamada zona habitable de su estrella, donde las condiciones no son ni demasiado calientes ni demasiado frías para la vida. Con un mínimo de 100 000 millones de estrellas en la Vía Láctea, eso significa que existen al menos 25 000 millones de lugares donde posiblemente podría haber vida tan solo en nuestra galaxia, y nuestra galaxia es una entre billones.

No es de sorprender que el Kepler, que se quedó sin combustible en octubre pasado, sea visto casi con reverencia por los astrónomos (“El Kepler fue el mayor avance en la revolución copernicana desde Copérnico”, me dijo Andrew Siemion, astrofísico de la Universidad de California en Berkeley). Cambió la manera en que abordamos uno de los grandes misterios de la existencia. La pregunta ya no es si hay vida más allá de la Tierra. Es casi seguro que la haya. La pregunta ahora es ¿cómo la encontramos?

El Telescopio Espacial James Webb de NASA se prueba en una cámara criogénica gigante, que simula las condiciones frías del espacio, en el Centro Espacial Johnson de Houston, Texas. Mucho más poderoso que el Telescopio Espacial Hubble, investigará la formación de estrellas, galaxias y sistemas solares que podrían sostener vida. CHRIS GUNN, NASA

La revelación de que la galaxia está repleta de planetas ha reanimado la búsqueda de vida. Un incremento en el financiamiento privado ha creado una agenda mucho más ágil y propicia al riesgo. NASA también está intensificando sus esfuerzos en astrobiología. La mayor parte de la investigación se centra en encontrar signos de cualquier tipo de vida en otros mundos. Pero la perspectiva de objetivos nuevos, dinero nuevo y una capacidad de cómputo cada vez mayor también han estimulado la búsqueda, de décadas de duración, de extraterrestres inteligentes.

PARA SEAGER, ganadora del “premio genio” de la Fundación MacArthur, haber participado en el equipo del Kepler fue un paso más hacia un objetivo de toda la vida: encontrar un planeta parecido a la Tierra que orbite en torno a una estrella similar al Sol. Su interés actual está en el Satélite de Sondeo de Exoplanetas en Tránsito (TESS), un telescopio espacial de NASA operado por el MIT que se lanzó el año pasado. Al igual que el Kepler, el TESS busca una ligera disminución en la luminosidad de una estrella cuando un planeta pasa –transita– frente a ella. El TESS explora casi todo el cielo con el objetivo de identificar alrededor de 50 exoplanetas con superficies rocosas como la de la Tierra, los cuales podrían ser investigados por telescopios más potentes de próxima aparición, comenzando por el Telescopio Espacial James Webb que NASA espera lanzar en 2021.

Seager ha recopilado algunos objetos que expresan “dónde estoy ahora y adónde voy, de modo que pueda recordarme a mí misma por qué trabajo tan duro”. Entre ellos se encuentran algunas esferas de roca pulida que representan una estrella enana roja y su grupo de planetas, así como un modelo de ASTERIA, un satélite de bajo costo para buscar planetas que ella desarrolló.

“No he podido colgar esto”, comenta Seager, mientras desenrolla un cartel que muestra las firmas espectrales de los elementos como códigos de barras de colores. Cada compuesto químico absorbe un conjunto único de longitudes de onda de luz. Cuando aún tenía unos veintitantos años, a Seager se le ocurrió la idea de que los compuestos químicos en la atmósfera superior de un planeta en tránsito podrían dejar sus huellas espectrales en la luz estelar por la que pasaran. En teoría, si hay gases provenientes de seres vivos en la atmósfera de un planeta, podríamos ver la evidencia en la luz que nos llega.

Hay una remota posibilidad de que un planeta rocoso orbite lo suficientemente cerca alrededor de una estrella para que el telescopio Webb capte suficiente luz para investigar si tiene signos de vida. Pero la mayoría de los científicos, incluida Seager, piensa que necesitaremos esperar a la siguiente generación de telescopios espaciales. En la mayor parte de la pared sobre su mesa de visión hay un panel de plástico negro microfino con la forma del pétalo de una flor gigante. Es un recordatorio de adónde va ella: una misión espacial, todavía en desarrollo, que cree que la llevará a otro planeta con vida.

DESDE MUY JOVEN, Olivier Guyon ha tenido un problema con el sueño. Esto es, se supone que ocurre de noche, cuando, para él, es mucho mejor estar despierto. Guyon creció en Francia, en la campiña de Champaña. Cuando tenía 11 años, sus padres le compraron un pequeño telescopio, lo que, según expone, lamentaron más tarde. Pasaba muchas horas mirando a través de él, solo para quedarse dormido en clase al día siguiente. Cuando ese telescopio le quedó chico, construyó uno más grande.

A sus 43 años, Guyon todavía tiene un telescopio muy grande. El observatorio Subaru, junto con otros 12, se encuentra en la cima del Mauna Kea, en la isla de Hawái. El reflector de 8.2 metros del Subaru es uno de los espejos de una sola pieza más grandes del mundo (operado por el Observatorio Astronómico Nacional de Japón, el telescopio no tiene ninguna afiliación con la compañía automotriz; Subaru es el nombre japonés para el cúmulo estelar de las Pléyades). A 4 205 metros sobre el nivel del mar, el Mauna Kea ofrece una de las vistas a mayor altitud y claras del universo, y está solo a una hora y media en automóvil desde la casa de Guyon en Hilo. La proximidad le permite hacer viajes frecuentes para probar y mejorar el instrumento que construyó y acopló al telescopio, a menudo trabajando toda la noche.

“Pasamos un par de semanas aquí y empezamos a olvidarnos de la vida en la Tierra”, me cuenta.

Al igual que Seager, Guyon ganó el premio MacArthur. Su genio particular es el dominio de la luz: cómo manipularla para vislumbrar cosas a las que incluso el enorme espejo del Subaru estaría ciego sin la destreza de Guyon.

“La gran pregunta es si hay actividad biológica allá arriba –dice, apuntando al cielo–. Si la hay, ¿a qué se parece? ¿Hay continentes? ¿Océanos y nubes? Todas estas preguntas se pueden responder si logras extraer la luz de un planeta de la luz de su estrella”.

En otras palabras, si puedes ver el planeta. Tratar de separar la luz de un planeta rocoso del tamaño de la Tierra de la de su estrella es como entrecerrar los ojos lo suficiente para distinguir una mosca de la fruta flotando a centímetros de un reflector. No parece posible y, con los telescopios de hoy, no lo es. Pero Guyon tiene la vista puesta en lo que podría hacer la próxima generación de telescopios si pueden ser diseñados para entrecerrar los ojos muy, muy fuerte.

Eso es precisamente para lo que está diseñado su instrumento. El aparato se llama SCExAO.

Los telescopios terrestres como el Subaru son recolectores de luz mucho más poderosos que los telescopios espaciales como el Hubble, principalmente porque nadie ha descubierto todavía cómo meter a presión un espejo de más de ocho metros en un cohete. Pero los telescopios terrestres tienen un grave inconveniente: nuestra atmósfera. Las fluctuaciones en la temperatura del aire causan que la luz se doble de manera errática (piensa en una estrella que centellea o en el aire ondulante sobre una carretera asfaltada en verano).

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