En las sombras. Fotografías de Charlie Hamilton James

National Geographic en EspañolAbril 2019

En las sombras. Fotografías de Charlie Hamilton James

Donde quiera que haya personas, habrá ratas que medran en la basura.

Por Emma Maris

FOTO ANTERIOR | CIUDA DE NUEVA YORK

Adaptables y astutas, las ratas de diversas especies han evolucionado para medrar en las grandes ciudades. No obstante, hasta el urbanista más empedernido estaría horrorizado al ver una rata correr por West Broadway. Muchos humanos las consideran alimañas aterradoras y repugnantes. Las ratas neoyorquinas son, principalmente, ratas noruegas (o pardas). Sus antepasados silvestres vivieron en el norte de China y Mongolia; en el siglo XVI se establecieron en algunas partes de Europa y en los años cincuenta del siglo xviii acompañaron a los europeos que cruzaron el océano Atlántico.

CIUDAD DE NUEVA YORK

Las ratas de un drenaje se disponen a pasar la noche buscando comida. El rodentólogo Bobby Corrigan calcula que, en la última década, las poblaciones mundiales de ratas urbanas aumentaron entre 15 y 20 por ciento.

LAS RATAS SON NUESTRO LADO SOMBRÍO. Vivimos en la superficie de la ciudad; ellas suelen vivir por debajo. La mayoría trabajamos de día; ellas hacen casi todo durante la noche. En cualquier parte donde haya gente, también habrá ratas. ¶Crecí en Seattle, donde las ratas son insuperables al trepar por las tuberías del alcantarillado… por dentro. Justo ahora, en alguna parte de mi ciudad natal, una rata parda, larga y empapada asoma la nariz sobre la superficie del agua de un inodoro. En Seattle hay una segunda especie conocida como rata del tejado, la cual hace su nido en los árboles y se escabulle por el cableado telefónico. Es posible que estos animales diseminaran la peste bubónica en la Edad Media. ¶De Seattle a Buenos Aires, las poblaciones de ratas urbanas aumentan, a decir de un experto, hasta 15 o 20 % respecto de la década pasada. ¶De todos los animales que prosperan en nuestro mundo, las ratas son las que más repugnancia nos causan. Tienen reputación de sucias y taimadas. Representan la decadencia de las ciudades. Las consideramos portadoras de plagas. Nos provocan más temor y asco que cualquier otra sabandija urbana. Odiamos las ratas.

COSAS DE FAMILIA

Elige un año, una colonia de ratas urbanas y haz cuentas. Eso hicieron unos investigadores. Empezaron con nueve crías de 10 semanas de vida y, para la semana 30, la cifra había aumentado a 270. Al finalizar el año, el total sumaba 11 907 ratas. Estos animales alcanzan la madurez sexual entre las 10 y 12 semanas de vida, y sus camadas varían de dos a 14 crías. La tasa de reproducción depende mucho del entorno y cuanto mayor sea la disponibilidad de refugio, comida y basura, mayor será el número de ratas.

¿Merecen semejante desprecio? Algunas de las cosas que más nos desagradan –su suciedad, su fecundidad, sus agallas, su habilidad para sobrevivir– son cualidades que también podrían caracterizarnos. Porque, de hecho, su inmundicia es la nuestra: las ratas medran casi en cualquier parte gracias a nuestra basura y a las sobras de comida que desechamos por descuido.

“El problema somos nosotros, los humanos –acusa el rodentólogo neoyorquino Bobby Corrigan–. No mantenemos limpio nuestro nido”.

CORRIGAN ES UN CONNOTADO experto en ratas urbanas. Ha estudiado estos animales desde 1981 y ofrece servicios de consultoría para resolver problemas de ratas en ciudades y empresas de todo el mundo. Fue él quien me contó sobre la alarmante frecuencia con que las ratas de Seattle emergen de los inodoros.

Una templada tarde de abril nos reunimos en su territorio, un parque del Bajo Manhattan, una de las capitales mundiales de las ratas. Corrigan aparece con casco, chaleco anaranjado fluorescente y portapapeles en mano. Gracias al equipamiento que proclama su autoridad podremos caminar entre jardines y túneles del metro sin que nos detengan. Corrigan creció en Long Island.

Los neoyorquinos disfrutan impresionarse mutuamente con anécdotas de ratas tan grandes como perros. Pero la rata más grande de la que Corrigan ha oído hablar era un animal iraquí de 816 gramos. Por ello ha hecho una apuesta: 500 dólares a cualquiera que pueda mostrarle una rata de un kilogramo. Está seguro que nunca tendrá que pagarlos.

La rata dominante en la ciudad de Nueva York es la rata noruega (Rattus norvegicus), también conocida como rata parda. Es un animal de madriguera cuyo cráneo es más ancho que el resto de su cuerpo, por lo que puede introducirse en cualquier espacio por donde pase su cabeza (esto incluye la tubería que conduce al inodoro).

Las ratas pardas viven en grupos familiares. Cada camada consta de dos a 14 crías, mantienen sus nidos relativamente limpios y merodean territorios reducidos. A escasas 10 semanas de nacidas, las crías alcanzan la pubertad y abandonan la madriguera para ir en busca de parejas.

Acompaño a Corrigan en un safari de ratas. Llegamos a un macizo de flores junto a un juzgado y empieza a caminar muy despacio, explorando la tierra con sus botas. Al percibir un espacio hueco, salta con fuerza varias veces. Momentos después, una rata sale por un agujero cercano y echa a correr. Me causa cierta tristeza. No obstante, la mayoría de los neoyorquinos quiere acabar con todas las ratas de su ciudad.

Apenas una semana antes de mi cacería con Corrigan, el alcalde Bill de Blasio anunció “un nuevo y agresivo plan de exterminio” dirigido a las ratas de las viviendas públicas. Es parte de un esfuerzo de 32 millones de dólares que pretende eliminar hasta 70 % de las ratas en los barrios con mayor infestación.

Muchas ciudades usan veneno para controlar sus ratas. Pero, por desgracia para los roedores, los venenos de acción rápida no dan buenos resultados: las ratas se sienten mal después de un par de mordiscos y abandonan el cebo. Por ello, la industria de la exterminación utiliza anticoagulantes, o adelgazadores de la sangre, los cuales demoran horas en actuar y las matan después de varios días. Es una muerte lenta, por hemorragia interna. Corrigan aborrece semejante final. Con todo, sigue asesorando a sus clientes por temor a los brotes de enfermedades.

WASHINGTON, D.C.

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