Caminar por Tokio
National Geographic en Español|Abril 2019
Caminar por Tokio

Un viaje por las ricas texturas de una megaciudad que vibra y se reinventa

Por Neil Shea. Fotografía David Guttenfelder

FOTO ANTERIOR | Multitudes se aglomeran en Omotesando, una ajetreada calle comercial en Tokio, el corazón de la zona metropolitana más populosa del mundo. Hogar de 37 millones de personas, Tokio es una de las ciudades más seguras, limpias, dinámicas e innovadoras.

Tokio se ha reconstruido dos vecen en el último siglo, primero, después del gran terremoto de Kanto en 1923 y una vez más después de que la ciudad fuera bombardeada en la Segunda Guerra Mundial. Desde entonces, se ha convertido en un modelo de eficiencia y organización, donde incluso un sitio de construcción en el vecindario de Minowa es monitoreado por guardias de seguridad de traje azul que cortésmente desvían a peatones y ciclistas.

Un sábado de principios de verano atrae a las familias jóvenes al parque Yoyogi. La escena contradice un reto que se cierne sobre Japón, donde las muertes son más numerosas que los nacimientos y la población envejece con rapidez. Para 2035, más de un cuarto de la población de Tokio tendrá más de 65 años.

MUY TEMPRANO, UNA MAÑANA de junio estaba parado en la oscuridad, en la ribera oeste del río Sumida en Tokio, y veía cómo los turistas se ponían chalecos, como los que se usan para distinguir equipos de futbol, como si los 70 visitantes friolentos de Sudáfrica, China, Malasia, España y Rusia hubieran viajado hasta ahí solo para perseguir una pelota. Faltaba una hora o dos para el amanecer y nos preparábamos para un recorrido por Tsukiji Shijo, que en ese momento era el mercado de pescado más grande del mundo. Tsukiji era un laberinto de bodegas, congeladores, muelles de carga, bloques de subastas y puestos de vendedores que había alimentado a la ciudad por casi 100 años. También se había vuelto –para tristeza de muchos– una atracción, promovida por innumerables artículos y programas de televisión de cocina. Sin embargo, cuando fui el año pasado, el mercado histórico se acercaba a su fin. Los puestos al aire libre y el piso de adoquines agrietados atraían a los turistas en busca de autenticidad, pero, en la Tokio supermoderna, esas características oficialmente se consideran una parte antihigiénica de un pasado desordenado.

1. Un hombre alimenta las aves en el parque Ueno.

2. Entrada de la estación de metro Shiodome, decorada con plantas.

3. Estatuillas de las mascotas de la Torre de Tokio dan la bienvenida a la entrada.

4. Empleados corporativos viajan en la línea Toei Oedo del metro.

5. Frente a una farmacia en Shibuya, una foto de cartón tamaño natural de una aprendiz de geisha espera a que alguien ponga su rostro en el hueco.

6. Al oeste, en la prefectura de Tokio, un agricultor cosecha arroz para el año siguiente.

7. Un hombre descansa cerca de sus sandalias durante un festival en Negishi.

8. Albaricoques sobre un barandal afuera de un pabellón en el Jardín Nacional Shinjuku Gyoen.

9. Estatua budista de Jizo Bosatsu, protector de los niños, rodeada de ofrendas en la zona residencial de Katsushika.

Para el otoño, Tsukiji había cerrado y sus vendedores se mudaron del corazón de la ciudad a otras instalaciones anodinas en el sureste.

Hicimos fila para entrar. Las escamas de los pescados brillaban en los charcos a nuestro paso y el aire sabía a aceite de auto y marea baja. Los montacargas y las carretillas de hielo pasaban a toda velocidad en todas direcciones, como aves enloquecidas. Me di cuenta de que nuestros chalecos de malla eran en parte por seguridad –para que no quedáramos aplastados por el tránsito–, pero también para que no pudiéramos escapar y arruinar el flujo lucrativo de Tsukiji.

Cada día, provenientes de todo el mundo, cerca de 1 500 toneladas de pescado, plantas marinas e invertebrados que todavía se retuercen entran en el mercado. Al final del día, esa carga increíble, con valor de 15 millones de dólares, se clasificó, cortó y embarcó a los puntos de venta. Para el momento en que yo llegué, 4:30 a. m., el mercado ya llevaba horas activo.

Cientos de hombres van de aquí para allá en la neblina, entre risas, gritos y cigarrillos apresados entre los dientes. Guardias de seguridad con guantes blancos nos guían; pasamos una pila de cajas de unicel, algunas tan grandes como ataúdes, con el interior manchado de sangre. Más adelante, en una bodega cavernosa, vimos sierras que chirriaban al cortar el pescado congelado.

Para las 10:00 a. m., la acción se había calmado y me escabullí solo por el mercado; platiqué con vendedores que se lamentaban por la próxima clausura. Varias horas después, los camiones de reparto eran lo único que se oía, los conductores descansaban en sus cabinas mientras los montacargas colocaban el pescado.

Cerca de medianoche fui hasta un pequeño templo sintoísta, donde una hilera de monumentos de piedra honraba a varias especies de criaturas marinas comestibles. Tsukiji fue una experiencia gótica, emocionante, obscena –un lugar raro en el que la fachada elegante y moderna de Tokio se desplomaba para revelar un apetito salvaje–, y yo estaba exhausto.

Un gato pasó a mis pies. Una piedra en el suelo decía sushi-zuka, “el monumento al sushi”. En unas pocas horas, todo empezaría de nuevo.

SI ESTÁS DE ACUERDO con el economista de Harvard Edward Glaeser en que las ciudades son el invento más grandioso de la humanidad, entonces Tokio es el mejor ejemplo: una metrópoli sorprendente, hogar de más de 37 millones de personas y uno de los centros urbanos más adinerados, seguros y creativos del mundo.

Incluso si no te interesa la manera en que las megaciudades dan forma a la conducta humana, Tokio es inevitable, ya te cambió la vida. La ciudad es la máxima influencia social, el nodo que conecta el mundo con la cultura japonesa.

La capital japonesa está en el té matcha que tomas en la mañana, en el tazón de sopa miso, en la cena de sushi. Lo encuentras en la fascinación de tus hijos con Totoro, Gundam, Pokémon o el PlayStation 4 de Sony, y está en la pequeña cámara del teléfono que no dejas de usar.

La creatividad de la ciudad se puede rastrear, en parte por el hecho de que ha sido destruida dos veces en los últimos 100 años, primero por el gran terremoto de Kanto, en 1923, y una generación después por los bombardeos de Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial. Cada catástrofe obligó a los japoneses a enterrar la historia y reconstruir, a reimaginar vecindarios, sistemas de transporte, infraestructura e incluso la dinámica social. El mismo mercado de Tsukiji se construyó después del terremoto de Kanto, para reemplazar el que había estado en el centro de la ciudad durante 300 años.

En los años cincuenta, Tokio se recuperó y creció con una densidad increíble. Glaeser sugiere que esa es una de las razones de su éxito: la agitación creativa que sigue al hacinamiento de personas con antecedentes y edades diferentes, y a la eliminación de barreras ante el comercio y las ideas. En una edición dedicada a las ciudades, no podíamos ignorar Tokio. La escritora Jane Jacobs, una de las influencias principales en cuanto a planeación urbana, dijo que la mejor manera de conocer una ciudad, de sentir el poder de todas sus influencias, es caminarla. Así, el fotógrafo David Guttenfelder y yo caminamos. Durante semanas, recorrimos una y otra vez Tokio, a veces juntos, a veces no; a veces en línea recta, más a menudo en saltos de una zona a otra, lentamente, por vecindarios y zonas industriales, campus escolares, estaciones de tren, mercados, cementerios, templos y santuarios. Los dos ya habíamos vivido en Japón antes y sabíamos que los superlativos que se usan para describirla nunca serán suficientes. Hablamos con casi todo aquel que nos encontrábamos para documentar fragmentos de sus rutinas y rituales. No podíamos abarcarlo todo, pero podíamos intentar ver a profundidad, al conectar la ciudad con las personas que, con sus vidas, le daban poder.

SUGAMO

UN VECINDARIO ANIMADO PARA LOS ANCIANOS

AL GUNAS COSAS NO HABÍAN cambiado en 20 años. La policía patrullaba en bicicletas blancas, niños poco más grandes que sus mochilas viajaban solos de manera segura en el metro. La mayoría de los tokiotas aún vive a toda velocidad entre el trabajo y el hogar en líneas de trenes supereficientes. Cada día cerca de 10 millones de personas viajan en el metro de Tokio.

Un sábado temprano caminé hacia Hachiyamacho y Ebisunishi; tomé la línea del tren Yamanote en Shibuya, con dirección a Ikebukuro, donde me bajé y seguí caminando. Al norte, en el vecindario de Sugamo, los empleados sacaban mesas y tubos con ropa a la calle a lo largo de Jizo-dori, para atraer clientes, en su mayoría mujeres mayores. Había en venta suéteres, collares, artículos de cocina, aparatos ortopédicos, bastones, rodilleras y pañales para adulto; pero destacaba la ropa interior: trusas y pantaletas de color rojo brillante. En la cultura japonesa, el rojo se asocia con buena suerte, buena salud y longevidad.

Mujeres mayores en grupos de dos o tres paseaban por ahí, revisaban los percheros y se detenían aquí o allá para estirar las fajas, verificar el precio y comprar un par. Los jóvenes pasaban rápidamente por los puestos o se metían en algún café cercano, pero, en su mayoría, la multitud era de ancianos, ojii-sans y obaa-sans, abuelos y abuelas.

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