LA VIOLENCIA SEXUAL COMO ARMA DE GUERRA

Muy Historia|Marzo 2020

LA VIOLENCIA SEXUAL COMO ARMA DE GUERRA
Los abusos, violaciones, vejaciones y torturas se han cebado con las mujeres en tiempo de guerra desde el principio de la historia, y la Guerra Civil española no fue una excepción sino todo lo contrario.
EDUARDO MESA LEIVA PERIODISTA

Conquistar a través del cuerpo: botín de guerra. Someter al enemigo envenenando de humillación sus líneas de retaguardia: vejación. O repoblar el territorio engendrando “hijos del enemigo”. En casi todos los escena rios bélicos, el cuerpo de la mujer se ha utilizado como campo de batalla, como oculto frente donde asestar un golpe oscuro y desmoralizador al bando contrario.

Es lo que la historiadora francesa Maud Joly califica de “violencias sexuadas”. En particular, aquellas “violencias físicas que implican la mutilación, la degradación, la humillación de las identidades sexuadas de los cuerpos femeninos en guerra”. Para esta estudiosa, la Guerra Civil española, como enfrentamiento fratricida, es el laboratorio perfecto para analizar las experiencias femeninas de la violencia de guerra. Se trata, además, de un enfrentamiento en el que se difuminan las fronteras de los frentes o tal vez se multiplican los mismos. ¿Cuántos frentes hubo en la Guerra Civil? ¿Solamente los marcados estrictamente por la geografía? O, en palabras de Joly, “¿puede concernir también al territorio de los cuerpos sexuados en guerra?”.

VIOLENCIA CONTRA LAS MUJERES

Las violencias desencadenadas en la Guerra Civil contra las mujeres tienen un carácter específico, diferenciado de las que tuvieron a los hombres como objeto. Son difícilmente contabilizables y siguen siendo, a juicio de muchos historiadores, un tema marginal y marginalizado. Mucho más estudiadas en el caso de la retaguardia del bando de los sublevados, pues se han demostrado más numerosas –y porque las violaciones fueron utilizadas como una poderosa arma de guerra–, en los últimos años se han hecho esfuerzos por investigar las “violencias sexuadas” cometidas en el bando republicano, aunque tuvieran menor repercusión y no estuvieran amparadas por el legítimo poder gubernativo. En este último caso, las fuentes dejan bastante que desear, pues corresponden con frecuencia a informes de las instituciones franquistas, entre los que destacan los documentos de la Causa General (investigación encargada por el ministro de Justicia franquista Eduardo Aunós en 1940 con el fin de “instruir los hechos delictivos cometidos en todo el territorio nacional durante la dominación roja”), o a las múltiples enumeraciones de “mártires de la Cruzada”. A lo largo de los años los historiadores han dudado de la veracidad de sus conclusiones, encuadrándolas dentro de la propaganda del régimen.

UNA GUERRA DE PROPAGANDA

“Las violaciones de la guerra de España dejaron apenas unas pocas huellas. Se cometieron en ambos bandos”, sostiene Maud Joly. Pocas veces fueron denunciadas por las autoridades y los sublevados las utilizaron como una importante arma de terror psicológico. La contienda jugó muchas de sus cartas en la retaguardia y la guerra de propaganda conseguía sus objetivos cuando señalaba el quebrantamiento de las normas sagradas de conducta por parte del enemigo, su posición moral inferior.

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