EN PIE POR LA IGUALDAD

Muy Historia|Marzo 2020

EN PIE POR LA IGUALDAD
Las reformas emprendidas durante la II República contribuyeron a eliminar la discriminación femenina y la Guerra Civil supuso una auténtica experiencia liberadora para muchas mujeres, al darles una mayor autonomía de movimiento y permitirles alzar su voz contra el fascismo. Pero el entusiasmo y el empuje de las militantes de izquierda se vio frenado, en parte, al ser relegadas a trabajos de retaguardia.
FERNANDO COHNEN
En la España asolada por las bombas, las mujeres ocuparon los puestos de trabajo que los hombres habían abandonado para acudir a las trincheras. Su grado de ocupación y autoestima nunca fue tan alto. La guerra transformó su vida en muchos aspectos dándoles una mayor autonomía de movimiento, de la que hicieron uso inmediatamente. Para muchas de ellas fue una experiencia liberadora. Su respuesta ante la rebelión militar no se hizo esperar. “¡Mujeres antifascistas! Que nuestra palabra y nuestra ayuda llegue a los frentes de combate y a los lugares de trabajo de la retaguardia” fue uno de los eslóganes que se podían oír esos días en la zona republicana.

Las reformas emprendidas durante la II República concedieron el derecho de voto a las mujeres y contribuyeron a eliminar gran parte de la legislación discriminatoria contra ellas. “Sin embargo, las españolas seguían siendo segregadas en el empleo y discriminadas salarialmente, ya que los partidos políticos, las empresas y los sindicatos se oponían al trabajo femenino remunerado”, asegura Mary Nash en su libro Rojas: las mujeres republicanas en la Guerra Civil.

Fue la guerra la que mejoró esa situación y la que les concedió un papel protagonista en la reorganización de una sociedad que se había alzado en armas contra los fascistas. En los primeros meses de lucha, el entusiasmo y el empuje de las militantes de izquierda facilitó la creación de bancos de sangre y centros sanitarios que prestaron un gran servicio a los combatientes del Frente Popular.

ESPÍRITU DE AYUDA

Aquellas iniciativas fueron celebradas por el doctor Félix Martí Ibáñez, director general de Sanidad y Asistencia Social de los Servicios Sanitarios Catalanes, quien recordó el papel de las mujeres en la creación de muchos dispensarios y clínicas de urgencia que florecieron poco después de iniciarse las hostilidades. Las largas horas de trabajo bajo un bombardeo constante, la falta de personal y la escasez de pertrechos sanitarios no desalentaron a las enfermeras, cuyo trabajo fue fundamental para el buen funcionamiento de los hospitales de campaña.

En el verano de 1936, algunas mujeres no dudaron en incorporarse al frente para enfrentarse a los facciosos. Sin embargo, su ardor combativo fue abortado poco después por el presidente del Consejo de Ministros, Francisco Largo Caballero, que prohibió su participación activa en el campo de batalla. “Las mujeres que se exhiben con monos azules por el centro de la ciudad han confundido la guerra con un carnaval. Hay que ser más serias”, se podía leer en un periódico publicado en otoño de ese año.

LEJOS DE LA PRIMERA LÍNEA DE BATALLA

Estaba claro que ni los sindicatos ni los partidos políticos de izquierda querían ver a muchachas combatiendo en primera línea de batalla. Sin embargo, miles de ellas participaron en la guerra construyendo barricadas, cosiendo uniformes, organizando cursos educativos o trabajando como conductoras de camiones. Muchas perdieron la vida mientras prestaban servicio en hospitales situados en primera línea de combate. Otras murieron en bombardeos o accidentes en las fábricas de armamento, como el que sufrieron las jóvenes que trabajaban en el taller de carga de proyectiles de artillería que se situó bajo la calle Conde de Peñalver en Madrid, en el tramo de metro que va de las estaciones de Diego de León a Lista, que saltó por los aires causando la muerte a unas ochenta personas, la mayor parte muchachas que apenas tendrían veinte años.

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