EL PAPEL DE L AS FUERZ AS DE ATAQUE SU IC IDAS: KAMIKAZES
Muy Historia|Issue 126
EL PAPEL DE L AS FUERZ AS DE ATAQUE SU IC IDAS: KAMIKAZES
Basándose en un estereotipo reaccionario y ultranacionalista del samurái, el gobierno imperial de Japón sacrificó a miles de jóvenes en la guerra lanzándolos a una muerte segura y completamente inútil.
ROBERTO PIORNO HISTORIADOR Y PERIODISTA

MORIR MATANDO. Esta famosa fotografía, tomada por Tony Faccone el 11 de mayo de 1945 en Okinawa, muestra el instante después de que dos aviones japoneses se estrellaran contra el portaaviones USS Bunker Hill causando grandes destrozos y 389 muertos.

“¡N os vemos en Yasukuni!”. Con esta frase se despedían los pilotos de las fuerzas de Ataque Especial de sus camaradas, antes de subirse al avión que debía llevarlos a una muerte tan patriótica como terrible. Minutos u horas después de pronunciarla se precipitarían en picado contra la cubierta de algún por taaviones norteamericano, dando así la vida de la manera más honorable posible por Japón y por el emperador.

La mayoría de pilotos kamikazes eran estudiantes, jóvenes de –en el mejor de los casos– poco más de veinte años, muy permeables a las ideas ultranacionalistas, reaccionarias e imperialistas dominantes en el Japón del período. Todos los miembros de las fuerzas armadas japonesas eran convenientemente adoctrinados hasta hacerles creer que, en caso de que perdieran la vida en el campo de batalla, inmediatamente se convertirían en kami (las deidades del panteón sintoísta) y, como tales, residirían junto a los espíritus protectores del país en el Santuario Yasukuni de Tokio. Esa era la recompensa a la heroica inmolación de los “voluntarios”, los miembros de las fuerzas de Ataque Especial convertidos en –no siempre– perfectos fanáticos convencidos de desempeñar una misión sagrada: sacrificarse por una nación en la que huir del campo de batalla, aun para luchar otro día, era un deshonor y en la que dejarse atrapar por el enemigo se consideraba la peor de las humillaciones.

YASUKUNI. Este santuario sintoísta de Tokio, al que se se supone que iban las almas de los pilotos suicidas transmutados en kami (dioses), está hoy día envuelto en polémica por ser símbolo del neofascismo nipón y por venerarse en él a criminales de guerra como Hideki Tojo.

UN IDEALIZADO CÓDIGO SAMURÁI

Es imposible entender el fenómeno de los kamikazes sin escarbar en el intrincado trasfondo ideológico que se escondía detrás de esa religión nacionalista con, aparentemente, tan pocas fisuras. Los kamikazes llevaban al extremo la obsesión generalizada en las filas del ejército nipón con el código de honor de los samuráis, el bushido (camino del guerrero), considerado como la verdadera esencia ética y filosófica de un país que había convertido en héroes, mitos y modelos de comportamiento a los miembros de la casta guerrera japonesa. El Japón de la primera mitad del siglo pasado era una nación militarizada y expansiva que buscaba cohesión ideológica, política y social a través de la reafirmación de su identidad en el campo de batalla, fortalecida gracias a las victorias en las guerras sino-japonesas y en la guerra ruso-japonesa.

Esa obsesión con el bushido, con un completamente distorsionado código de honor ancestral,giraba en torno a una deformada interpretación de la propia historia. El ejército nipón había hecho del bushido y de obras como el Hagakure (1717) un punto esencial de referencia obviando que los valores que exaltaban habían sido confeccionados enteramente por “samuráis de salón” a partir del siglo XVII, y muy especialmente en el XIX, en un país completamente pacificado en el que los samuráis solo luchaban, si es que lo hacían, en dojos (lugares de meditación) con espadas de madera, mientras construían toda una mística de la “bella muerte” y del honor para justificar sus injustificables privilegios y su total obsolescencia. Nada tenían que ver los samuráis históricos con esa evocación y reinvención romántica del estereotipo guerrero que llegó al paroxismo durante la Segunda Guerra Mundial. Y uno de los valores sobre los que oscilaba ese nacionalismo enfervorecido era el concepto del suicidio, presunto estandarte del buen samurái, que no dudaba en abrirse el vientre mediante seppuku en cuanto su honor se veía comprometido.

Los kamikazes llevaban al extremo la obsesión del ejército nipón por el bushido o código de honor del samurái

EL SUICIDIO COMO UNA DE LAS BELLAS ARTES

En realidad, la generalización de este ritual, siquiera como ideal y elemento definitorio del samurái modélico, corresponde a los tiempos de los samuráis ociosos, de los guerreros-burócratas. Nunca antes del final de las guerras civiles del período Sengoku –que sellaron el acceso al poder de los Tokugawa y el final de los samuráis como combatientes y soldados propiamente dichos– hubo en Japón una cultura del suicidio. Cualquier guerrero sensato ponía a salvo su pellejo para luchar otro día si las circunstancias se lo permitían. Así pues, los principios sobre los que giraban los ideales de los pilotos kamikazes tenían mucho más que ver con una adulteración ultranacionalista del pasado (forjada, muy especialmente, a partir de finales del siglo XIX) que con el ideario y el código de conducta de los samuráis históricos.

No obstante, es cierto que la lengua japonesa sí refleja una sustancial diferencia con respecto a las lenguas occidentales en lo tocante al suicidio. Existen de hecho varias palabras para definir el acto de quitarse la vida. La japonesa es una cultura en la que no existen en general tabúes éticos ni censuras religiosas ante el suicidio. Así, por un lado está el jijatsu, el vocablo más similar por sus connotaciones a nuestro “suicidio”, que tiene una lectura negativa y un matiz de impureza; todo lo contrario que el jiketsu y el jisai, que denotan autodeterminación y se consideran actos perfectamente honorables ejecutados por el bien de la mayoría: como los de los kamikazes, auténticos héroes nacionales, iconos y pilares de la patria incluso en el Japón moderno.

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