De La Caída De Berlín A La Caída Del Muro
Muy Historia|Noviembre 2019
De La Caída De  Berlín A La Caída Del Muro
Situada en el punto de fricción entre los dos bloques antagónicos, en la ciudad alemana se vivirían los momentos más tensos de la Guerra Fría en Europa. Como indeleble recuerdo pervive la cicatriz del Muro que la dividió durante casi tres décadas, de cuya caída se conmemora el 30º aniversario.
Jesús Hernández

La capital alemana refleja los grandes traumas sufridos por Europa en el siglo XX. En ella es posible encontrar los vestigios de los dos sistemas totalitarios que colisionaron durante la Segunda Guerra Mundial, de la tensión que se generó allí al convertirse en el punto de mayor fricción entre los bloques que protagonizaron la Guerra Fría y, finalmente, del estallido de libertad que supuso la caída del Muro que la partía en dos. Berlín es una cicatriz en el corazón de Europa que nos recuerda vívidamente su convulsa historia.

Hitler quiso hacer de Berlín la capital mundial (Welthauptstadt Germania) levantando en ella colosales edificios de escala sobrehumana. Aunque los nazis nunca sintieron una sincera simpatía por Berlín, y los berlineses se resistieron a caer en el embrujo de Hitler parapetados tras su cáustico sentido del humor, el Tercer Reich convirtió a la ciudad en el símbolo del régimen que debía durar mil años. Conscientes de ese simbolismo, los aliados llevaron a cabo una insistente campaña de bombardeos con la que se esperaba arrasar la ciudad: lanzaron un total de 363 ataques aéreos que dejaron caer unas 70.000 toneladas de bombas. Más de 20.000 berlineses morirían y cerca de medio millón se quedarían sin hogar.

Cuando el 16 de abril de 1945 el ejército soviético inició la ofensiva para rodearla y conquistarla, empleando en ella dos millones y medio de efectivos, Hitler ordenó una resistencia a ultranza, a pesar de que apenas contaba con unos 760.000 hombres para defenderla. A partir del 20 de abril, la artillería soviética sometería a la ciudad a un continuo bombardeo. Al castigo sufrido por Berlín desde el aire se sumó el provocado por la batalla que tuvo como escenario sus calles, que culminaría con la rendición el 2 de mayo, después de que el 30 de abril Hitler se suicidase en su búnker. El número de civiles muertos a consecuencia de la Batalla de Berlín se ha estimado en unos 125.000.

CAPITAL DEL MUNDO. Hitler soñó con transformar Berlín en una ciudad colosal con la ayuda de su arquitecto de cabecera, Albert Speer, a quien vemos abajo mostrando al Führer sus planos y diseños.

DIVISIÓN ENTRE LOS VENCEDORES

El destino de Berlín estaba escrito desde que, el 12 de septiembre de 1944, Estados Unidos, el Reino Unido y la URSS firmaron el Protocolo de Londres, que establecía que Alemania se dividiría en zonas de ocupación, pero que la capital sería ocupada de forma conjunta por fuerzas de los tres países (a los que posteriormente se sumó Francia). Tras la capitulación germana, esa administración conjunta de Berlín iba a tropezar con graves dificultades, al ser un enclave dentro de la zona de ocupación soviética. Los aliados occidentales, que reclamaron su acceso libre a la ciudad por vía aérea, carretera y ferrocarril, comenzaron a llegar el 1 de junio de 1945 y hallaron un Ayuntamiento nombrado por las autoridades militares soviéticas. Para constituir la administración conjunta, el 11 de julio se creó la Comandancia Militar Interaliada, formada por los cuatro comandantes militares de Berlín, pero las disensiones comenzarían muy pronto. Durante la Conferencia de Potsdam, celebrada en esa localidad cercana a Berlín entre el 17 de julio y el 2 de agosto de 1945 y a la que asistieron los llamados Tres Grandes, Harry S. Truman, Josef Stalin y Winston Churchill –este sería sustituido por Clement Attlee al perder las elecciones–, se certificó la división de la ciudad en cuatro zonas, aunque se seguía insistiendo en la administración conjunta. A la Comandancia Militar se sumaría el Consejo de Control Aliado, que se puso en marcha el 30 de agosto y cuyo objetivo era gobernar Alemania como un todo. Ese organismo establecería cuatro meses después tres corredores aéreos entre Berlín y las zonas de ocupación norteamericana y británica; a la luz de los hechos posteriores, esa decisión cobró una importancia crucial.

Pese a la aparente armonía desplegada en Potsdam, los recelos se habían instalado ya entre los aliados. El recién estrenado poder atómico estadounidense creaba un desequilibrio que in crementaría la recurrente susceptibilidad soviética. Esa desconfianza se trasladó a Alemania, en la que, de hecho, cada zona de ocupación estaba funcionando de manera estanca. El Consejo de Control Aliado, que debía tomar sus decisiones por unanimidad, se vio así paralizado. Los intentos de crear una unidad económica chocaban siempre con las negativas soviéticas, aunque los franceses también expresaban su disconformidad si no se resolvían antes sus aspiraciones territoriales.

LA BATALLA DE BERLÍN. Librada entre el 16 de abril y el 2 de mayo de 1945, fue el último gran choque de la Segunda Guerra Mundial (en la imagen, fuego de morteros soviéticos).

La creación del nuevo marco alemán quebró el tenso equilibrio de Alemania en la posguerra

LOS TRES GRANDES. Josef Stalin, Harry S. Truman y Winston Churchill en un receso de la Conferencia de Potsdam, celebrada en esa localidad cercana a Berlín entre el 17 de julio y el 2 de agosto de 1945.

LA CREACIÓN DE LA BIZONA

Ante la constatación de la imposibilidad de establecer un Estado alemán unificado, británicos y estadounidenses acordaron el 2 de diciembre de 1946 la unión económica de sus zonas de ocupación. La nueva entidad, nacida oficialmente el 1 de enero de 1947 y cuyo nombre oficial era Área Económica Unida, sería conocida popular mente como la Bizona (o Bizonia). A los soviéticos no se les escapaba que esa entidad podía ser el embrión de una futura Alemania Occidental independiente.

Alegando que esas actuaciones contravenían los acuerdos de Potsdam, el 30 de marzo de 1948 el representante soviético abandonó la reunión del Consejo de Control Aliado para no volver más, una decisión que supondría en la práctica su defunción. La tensión subió algunos grados más cuando los soviéticos restringieron el tráfico de trenes militares con destino a Berlín, arrogándose además el derecho a inspeccionarlos y a detener el flujo cuando así lo estimasen oportuno. Los norteamericanos desafiaron ese control estableciendo un puente aéreo a mediados de abril, sin saber que era el ensayo de lo que iba a venir tan solo dos meses más tarde.

Ignorando la presión soviética, en la Bizona se iban creando los organismos encargados de vertebrar la economía e incluso se establecieron acuerdos comerciales con los países vecinos. Un pasodecisivo para el despegue económico fue la introducción del marco alemán (Deutsche Mark) el 21 de junio de 1948, que sustituía así al Reichsmark. Aunque la nueva divisa, que circularía también en la zona francesa, no iba a ser distribuida en Berlín, esa decisión unilateral irritó a los soviéticos, que cinco días antes habían abandonado la Comandancia Militar. La intención inicial de los aliados no había sido la división de Alemania en dos Estados, pero la evolución de los acontecimientos apuntaba inexorablemente en esa dirección.

Fuera intencionado o no, la creación de la nueva moneda supuso la quiebra del tenso equilibrio en el que se mantenía Alemania. Con esa decisión se revelaba el diferente concepto que occidentales y soviéticos tenían de la ocupación. Mientras que los primeros apostaban por una Alemania económicamente fuerte e independiente, estimulada por los recursos del Plan Marshall, los segundos se dedicaban a exprimir su zona para obtener las reparaciones de guerra que permitiesen la reconstrucción de Europa Oriental y la propia URSS. Debido a esa bifurcación monetaria, los intercambios económicos entre el oeste y el este, que hasta entonces se habían desarrollado con fluidez, se verían dificultados para perjuicio de los alemanes orientales, que iban a quedar privados del acceso a los bienes de consumo que su desmantelada industria no era todavía capaz de fabricar. El cambio de moneda hizo que los antiguos Reichsmarks fluyesen hacia la zona oriental, provocando una súbita inflación. Como medida de emergencia, las autoridades soviéticas comenzaron a poner adhesivos a los billetes para evitar esa irrupción masiva de Reichsmarks que amenazaba con colapsar la frágil economía de su zona, al tiempo que anunciaban la creación de una moneda propia, el Ostmark.

EL BLOQUEO DE BERLÍN

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