Adiós al último bastión
Gatopardo|Marzo 2020
Adiós al último bastión
Luego de quince años, Uruguay le pone final a la izquierda en el poder
Elena Risso
El mapa político de América Latina se ha transformado y ha puesto fin a los liderazgos históricos, y a los tiempos de políticos como Da Silva, Morales, Fernández y Mujica, que iniciaron una ola progresista en la región. Uruguay parecía el último bastión de la izquierda, donde su modelo político y económico aparentaba ser más prolijo y eficiente que el resto de sus vecinos. Pero en un revés histórico, Luis Lacalle Pou, un político que lidera una coalición de sectores de centro y de derechas, ganó las elecciones en noviembre pasado y este marzo toma posesión cerrando un ciclo.

El 24 de noviembre de 2019 terminó un ciclo para América Latina. Ese día, en Uruguay, la izquierda cayó derrotada luego de quince años en el gobierno, frente a una coalición que abarca desde sectores socialdemócratas a grupos de derecha alineados con figuras militares. Más allá de la pequeñez de Uruguay, que apenas tiene tres millones de habitantes y su peso en el contexto internacional es casi nulo, el resultado electoral es trascendente para la región, porque ese día terminó de concretarse algo que se venía dando en otros países: un cambio que rompe casi dos décadas de gobiernos de izquierda, también llamados progresistas.

La transformación del mapa continental pone fin a liderazgos históricos marcados por afinidades ideológicas, que quedaron plasmadas en imágenes simbólicas que se repitieron a lo largo de casi 20 años: Hugo Chávez vestido de militar hablando durante horas, Lula da Silva abrazado a los más humildes, Evo Morales con sus tradicionales chaquetas étnicas, Cristina Fernández y su imperturbable luto, o José Mujica subido a un tractor en su chacra. También apareció una nueva jerga regional que incluía palabras como ALBA (una alianza alternativa al acuerdo de libre comercio continental que impulsaba Estados Unidos); Telesur (la cadena de noticias que se presentaba como la opción a las grandes compañías internacionales); Unasur (la Unión de Naciones del Sur que buscaba ampliar las relaciones de cooperación); o el Tren de los Pueblos Libres (que intentó, sin éxito, unir a Argentina con Uruguay), por mencionar algunos ejemplos.

El derrumbe definitivo de esa etapa se concretó el 24 de noviembre del año pasado, cuando Luis Lacalle Pou, un político de 46 años con veinte de experiencia parlamentaria y perteneciente a una de las dinastías políticas más importantes del país, ganó las elecciones uruguayas al Frente Amplio, la coalición de la izquierda que se creó en 1971 y que desde 2005 hasta 2020 ejerció el gobierno. El país que había tenido al carismático José Mujica como su político más importante a nivel internacional, y que fue noticia en el exterior por sus leyes sociales de avanzada —entre las que se destacan la despenalización del aborto, el matrimonio igualitario, o el cultivo y venta de la marihuana estatal—, confirmaba un fenómeno regional que no tenía vuelta atrás.


El frenteamplista Daniel Martínez, excandidato a la presidencia, ante un auditorio en el teatro El Galpón.

El 27 de octubre de 2002, luego de tres intentos fallidos, Lula da Silva ganó las elecciones de Brasil con más de 60% de los votos, un resultado que cambió la historia del país más grande del continente, y también de la izquierda latinoamericana.

A fuerza de un trabajo político de años, carisma, una experiencia sindical como obrero metalúrgico que lo convirtió en símbolo de los trabajadores, y propuestas que apuntaban a romper las inequidades sociales existentes en un Brasil tan grande como desigual, Lula se transformó en una referencia internacional.

A esa altura, Chile también tenía un presidente de izquierda: el socialista Ricardo Lagos, electo en el año 2000. Sin embargo, su caso era muy diferente al de Lula, porque era parte de una coalición de partidos de centro e izquierda (Concertación), que estaba al frente del gobierno desde 1990, cuando terminó la dictadura de Augusto Pinochet. Con su estilo político tradicional y su mesura, Ricardo Lagos no resultaba tan cautivante como Lula, ni Chile tenía las dimensiones y las complejidades de Brasil.

Antes que Chile y que Brasil, otro país de América Latina había dado el primer paso a la izquierda: Venezuela. En 1999, Hugo Chávez, un militar que en 1992 intentó dar un golpe de Estado contra el gobierno de Carlos Andrés Pérez, fue electo presidente. Por sus antecedentes golpistas, sus ideas refundacionales, y el desconocimiento que existía sobre él y sus propuestas, generaba al principio más incertidumbres que identificaciones. Estaba muy lejos de ser el líder internacional en el que se convirtió después.

Con Lula, en cambio, no había dudas: era de izquierda, no existían reparos sobre su apego a la democracia, y su figura había trascendido a los sectores populares. Las imágenes de las anchas avenidas paulistas y cariocas colmadas de gente celebrando el resultado recorrieron el mundo y marcaron una nueva página en la historia latinoamericana. El coloso continental señaló el rumbo y sus vecinos lo siguieron.

Néstor Kirchner juró como presidente el 25 de mayo de 2003 en el Congreso de la Nación. De esa manera, Argentina volvía a tener un presidente electo en las urnas, luego de la renuncia y del recordado escape en helicóptero de Fernando de la Rúa en 2001, un hecho que dio lugar a una serie de sucesiones e interinatos presidenciales sin precedentes.

“Nuestra prioridad en política exterior será la construcción de una América Latina políticamente estable, próspera y unida con base en los ideales de democracia y justicia social”, dijo al asumir Néstor Kirchner, que semanas antes se había reunido con Lula y con Ricardo Lagos, lo que mostraba por dónde irían sus vínculos internacionales. También dijo que con su llegada al gobierno terminaba “una forma de hacer política y un modo de gestionar el Estado”, y dejó en claro cuál sería su revolucionaria posición con respecto a los organismos internacionales de crédito: “No se puede volver a pagar deuda a costa del hambre y la exclusión de los argentinos”.

Cuatro años después, entregaba la banda presidencial a su sucesora: Cristina Fernández, una senadora también peronista que era su esposa. A esa altura, en Argentina ya se hablaba de kirchnerismo, una corriente política que tuvo una estrecha relación con los otros gobiernos progresistas de la región, y que dejó el gobierno en 2014, en medio de un deterioro económico y escándalos de corrupción que afectaron incluso a la mandataria.


El famoso Grupo de Puebla brindando en una cena, la noche del 9 de noviembre de 2019 en el Café Las Palabras.

Hugo Chávez, Ricardo Lagos, Lula y Néstor Kirchner coincidieron en Montevideo el 1° de marzo de 2005. Era un día histórico para Uruguay: por primera vez la izquierda llegaba al gobierno de la mano de Tabaré Vázquez, un oncólogo socialista que había sido intendente (alcalde) de Montevideo, que conseguía el objetivo de ser presidente luego de dos intentos fallidos.

En 2002, Uruguay había enfrentado una crisis financiera y económica sin precedentes que fue determinante para la elección de 2004. Aferrado a un crecimiento económico que comenzó al final del gobierno saliente, y a un contexto internacional favorable para las exportaciones uruguayas, Tabaré Vázquez encabezó una administración que tuvo como ejes centrales un plan para combatir la indigencia, modificaciones en las relaciones laborales, una reforma impositiva, y cambios en el sistema de salud.

A esa altura, buena parte del puzzle regional estaba avanzado. El resto de las piezas terminaron de encajar en los años siguientes: en 2006, en Bolivia, con Evo Morales, el primer presidente indígena del país; un año después en Ecuador con Rafael Correa; y luego en Paraguay con el exobispo Fernando Lugo, que rompió la hegemonía del histórico Partido Colorado. En 2011, en Perú, ganó las elecciones Ollanta Humala, un militar retirado que contaba con el respaldo de grupos de izquierda, que compitió contra Keiko, la hija de Alberto Fujimori. La ola progresista parecía imparable.

El siglo xxi comenzaba de manera auspiciosa para América Latina. La economía iba sobre ruedas gracias al precio internacional que se pagaba por las materias primas, los indicadores sociales tenían mejoras, y la estabilidad política y democrática parecía consolidarse en países que hasta ese momento habían navegado en aguas turbulentas. Luis Alberto Moreno Mejía, presidente del Banco Interamericano de Desarrollo (bid), se refirió a esa situación favorable en su libro La década de América Latina y el Caribe. Una oportunidad real: “Se ha abierto un panorama socioeconómico muy alentador para una región que enfrentó con éxito la crisis financiera global. Al promediar 2011, el pronóstico de crecimiento de América Latina y el Caribe es mayor que el de las naciones desarrolladas; las instituciones financieras, monetarias y fiscales con que cuenta son mucho más sólidas que dos décadas atrás; los recursos naturales que demanda el mundo son abundantes en buena parte de nuestros países, y la política social ha dado cuenta de avances importantes por medio del uso de herramientas cada vez más efectivas”, escribió Moreno Mejía, que consideró la primera década del siglo xx como “la década de América Latina y el Caribe”.

Los restos de Hugo Chávez se colocaron en una capilla ardiente en la Academia Militar del Ejército de Caracas. Era 6 de marzo de 2013 y una multitud de venezolanos hacía fila para despedirse del líder bolivariano, que murió a los 58 años de un cáncer que no pudo doblegar. Fueron tres días de funerales, y uno de los momentos más recordados fue la llegada de tres de sus aliados regionales: Cristina Fernández, Evo Morales, y José Mujica, acompañado por su esposa, la senadora Lucía Topolansky. Detrás, con una de sus tradicionales camperas con la bandera venezolana, estaba Nicolás Maduro.

La muerte del líder bolivariano fue un impactante golpe anímico para el progresismo latinoamericano, que perdía al emblema de la izquierda y a un vecino generoso con sus petrodólares al momento de dar ayudas económicas a sus aliados más pobres. El adiós a Hugo Chávez fue sólo el inicio de una serie de problemas que se sumaron después para los gobiernos del continente, que en muchos casos dejaron al descubierto que la izquierda no era inmune a la corrupción que tanto había cuestionado en décadas anteriores. Por ejemplo, en Brasil, Dilma Rousseff tuvo que renunciar por maquillar el déficit presupuestal, algunas de las principales figuras del Partido de los Trabajadores fueron condenadas por corrupción, y el propio Lula terminó preso. También aparecieron acusaciones contra familiares de la expresidenta chilena Michelle Bachelet, investigaciones contra el entorno político y familiar de Cristina Fernández en Argentina, y denuncias en Venezuela por violaciones de derechos humanos contra el gobierno de Nicolás Maduro, entre otros. De a poco, en la segunda década del siglo xxi, el mapa político comenzó a modificarse: el centroderechista Sebastián Piñera retomó el gobierno de Chile luego del mandato de Michelle Bachelet; Mauricio Macri, el líder opositor argentino, derrotó al kirchnerismo y se convirtió en presidente; y en Paraguay, el Partido Colorado recuperó el poder de la mano de Horacio Cartes.

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