Retrato De Cinco «Madres Coraje», Cómo «Sobrevivir» A Las Profesiones De Alto Riesgo De Tus Hijos
Retrato De Cinco «Madres Coraje», Cómo «Sobrevivir» A Las Profesiones De Alto Riesgo De Tus Hijos

La apasionante historia de cinco mujeres que se debaten entre el instinto de protección a sus hijos y el apoyo incondicional a sus carreras llenas de peligros

Romel Martínez

ADRIANA JIMÉNEZ, RIESGO EXTREMO

Ver a su «princesa» lanzarse al agua a más de 20 metros de altura no ha de ser tarea fácil para quien la trajo a la vida, pero Rita Trejo confía plenamente en la preparación de su hija, Adriana Jiménez, quien como clavadista de altura se ha traído a casa la medalla de oro de la Copa Mundial de Dubái, el primer lugar en la Copa Mundial Red Bull y la medalla de plata en el Mundial de Budapest. «Me di cuenta de que ella era diferente a sus dos hermanos mayores, porque apenas nacer, agitaba sus manitas y sus ojos eran muy juguetones», recuerda Trejo acerca de la menor de sus hijos.

—¿Cuáles fueron sus orígenes?

—Venimos de un pueblo del estado de Hidalgo. Somos una familia de origen humilde. Me casé también muy joven, y mi esposo y yo nos hemos dedicado a sacar adelante a nuestra familia. Adriana es la única hembra, sus otros dos hermanos son varones.

—¿Y cómo era Adriana de pequeña?

—En comparación con sus hermanos, era muy diferente. Los dos mayores eran tranquilos, pero ella era hiperactiva. La receta para tratarla fue mantenerla ocupada. Debía dedicarle dos horas diarias a ella sola para que drenara su energía. La llevaba al parque para que anduviera en bicicleta, en patines, la pusimos en clases de karate... ¡hasta que descubrimos que la natación era lo suyo!

—¿Requería Adriana más dedicación de tu parte que sus otros dos hermanos?

—Definitivamente. Yo veía que ella me necesitaba más que sus hermanos mayores. Cuando se involucró en los clavados sus entrenadores me pidieron que la llevara todos los días. Le hicieron una prueba en la alberca olímpica y resultó que reunía las cualidades para integrarse al equipo de clavados.

—¿Fue duro para ti estar en las competencias deportivas?

—Sí, fue duro para mí. Cuando cumplió dieciocho años, y empezó en la Universidad, empezó a ser diferente. Seguí involucrada en su evolución, pero ya la preocupación era distinta. Pasé por muchos triunfos, y por no triunfos, pero siempre estuve con ella. Ilusiones y desilusiones, pero más han sido las ilusiones y los triunfos. Han sido etapas muy bonitas que a mí me han servido para ser mejor. Tengo tres hijos maravillosos. Mi esposo y yo estamos muy orgullosos de ellos.

Adriana recuerda con agradecimiento todos esos sacrificios que hizo su madre para que ella pudiera desarrollar todo su potencial deportivo: «Mi madre no solo ha sido mi guía y mi cómplice en mi desarrollo como deportista y como persona. Además es mi inspiración. Nadie como ella para luchar por lo que quiere», asegura la Premio Nacional del Deporte 2017. Para Rita, la carrera de su hija tiene muchas metas por alcanzar: «Adriana tiene y puede traer muchos logros internacionales para México. Es una persona muy enfocada en sus metas, y yo estaré siempre con ella, aunque no dejo de admitir, que como madre, a veces me atrapa el miedo al verla en esas alturas haciendo clavados. Uno por los hijos siempre se angustia, pero confío plenamente en su capacidad y disciplina, porque vivo su compromiso con la excelencia a diario».

ARMILLITA IV, LA VOCACIÓN INEXCUSABLE

Cuando el hijo de Marcela Díaz de León va a torear, son días de misa para ella. Tiene un hábito con su iglesia de confianza: asiste y comparte con los demás feligreses sus plegarias. Así invoca la protección de Dios a su Fermín Espinosa (conocido en el mundo taurino como Armillita IV), de veintitrés años. «Mi mayor ilusión era que mi hijo jugara a la pelota, o con un bate. Pero nunca le interesaron ni los carritos. A los once meses de edad, antes de empezar a andar, jugaba con una toallita y con sus muñecos como si de un toro se tratara. Yo le compraba helicópteros, trenes… todos los juguetes para niños, y él no les prestaba la más mínima atención. El deseo de ser torero prevalecía ante todo», confiesa la también esposa de otro torero, «Armillita hijo», Fermín Espinosa, con quien lleva casada 34 años.

«Cuando Fermín tenía doce años lo llevé a Disneylandia. Se puso furioso; él se preguntaba qué hacía en ese lugar viendo personas disfrazadas en lugar de estar junto a su padre en San Luis, donde habría una corrida. Y es que no se puede ir contra la genética, lo lleva en la sangre. Desde que nació observé que le gustaba mirar las tientas, le gustaba mirar el toro», asegura ya rendida, pero orgullosa.

—¿Te hacía ilusión que tu hijo se convirtiera en torero como su padre, su abuelo y su bisabuelo?

—No, nunca quise que fuera torero.

—A pesar de ello, ¿te sientes orgullosa de su decisión?

—Muy orgullosa porque es un camino que se ha forjado él mismo. No por ser descendiente de toreros exitosos ha tenido el camino fácil. Él solito ha «picado piedras». Cuando sale el toro por la puerta no hay apellido. Mi hijo es un joven muy educado, con muchos valores y muy espiritual, tomado de la mano de Dios y de la Virgen. Estoy orgullosa de él por su entrega y valor.

—¿Cómo es tu día cuando tu hijo tiene una corrida de toros?

—Ayer por ejemplo, que tuvo una corrida, fui temprano a misa de ocho, pero llegué tarde. Escuché la misa, hice la comunión por él, pero como había llegado tarde no lo pude anotar para que le dedicaran la misa. Entonces me quedé para anotarlo y le pudieran dedicar la de las nueve de mañana.

—Como esposa de un torero también habrás vivido experiencias muy fuertes.

—-Ciertamente. De pequeña, mi papá nos llevaba a los toros y yo sufría… Solo pensaba: «Qué horror, pobres de las familias de los toreros».

—¿Hubieses preferido que Fermín no fuera torero?

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Mayo 10, 2018